NUMBER TWO / SPRING 1999

 

CARME RIERA, POETISA VISUAL

Guillem Viladot ( 1992)

Carme Riera, la conocida pintora, vive en Barcelona y en Cabrera de Mar, en el Maresme. El día 10 del pasado mes de octubre ganó la primera edición del premio de poesía que lleva mi nombre. Una tarde del pasado otoño me i nvitó a su casa de campo. Carme es una mujer que aguanta su medio siglo con una belleza muy firme. En su cuerpo hay un ritmo que le permite llevar cualquier vestido con notable elocuencia. Rubia de ojos claros, su voz tiene unos tonos pastosos que se tornan graves cuando se ríe. Toda ella, no obstante, exhala el escepticismo propio de las personal que se atreven, de vez en cuando, a mirar la vida de cara. Habla y escribe seis o siete lenguas , y su cultura es de mucha densidad. Cuenta con amigos de la talla de Valverde, Trías, Llobet, Giralt-Miracle, Argullol, etc.

El día que la visité estaba con su madre y Mimí, la amiga de ésta. Sentadas en una salita, bebían whisky y fumaban desde sus elegancias septuegenarias, como un filme de Visconti o de Fellini. Sus voces también disfrutaban de estos timbres cremosos tan indicativos de personas que han vivido, con gran estoicismo y gracia, las mejores encrucijadas de sus vidas.

La casa de Cabrera es un caserón de grandes dimensiones, de estilo catalán semirrústico, a la cual se llega atravesando un jardín muy espaciado y de un desorden exquisito. La vivienda es una suma de estancias donde se acumulan varias generaciones en forma de sólidos muebles y de un laberinto seductor de objetos, fotografías, grabados, pinturas, tapetes, visillos y libros, muchos libros. En medio de ese dédalo fascinante, el tiempo tiene unas entrañables connotaciones proustianas.

Carme me llevó por una serie de pasillos y habitaciones donde guarda una enorme cantidad de obra suya en forma de cuadros, de los que impresiona su variedad de estilos y el ritmo de su dicción plástica. En su estudio fascina la multitud de objetos hallados que se enzarzan entre sí formando deslumbrantes collages, o que esperan ser redimidos del olvido para llegar a la categoría de una nueva imagen. Y huevos por todas partes, bien sueltos o que están ya integrados en precisos poemas-objetos. Y en este momento es cuando descubro la condición de poeta visual de la artista: la muje r que trabaja contra el silencio de los objectes trouvés para ofrecer la dicción de una memoria nueva.
De ahí pasamos a un extremo del jardín donde Carme elabora sus papeles rústicos y donde aparecen sus esculturas, a veces yacentes y en otras ocasiones erectas, a veces estáticas, a veces móviles, que, en todo caso, generan una belleza especial de gratificante compañía.

Al salir de ese segundo taller, paseamos por un espacio verde al aire libre. A la derecha, no muy lejos, el mar, reluciente y siempre atestiguador, era una referencia de omnipotencia. Carme y yo hablamos de pequeñas cosas: de cómo tiemblan las hojas de los árboles, de cómo los higos ya están maduros, de cómo debajo de los pies la hierba nos conduce hacia la naturaleza, de cómo la vida asoma y se va y vuelve siempre distinta y renovadora, siempre sorpresiva, como el verdadero arte o la verdadera poesía.

CLICK HERE TO GO TO THE TOP OF THIS PAGE

CLICK HERE TO GO TO THIS SECTION'S INDEX