NUMBER TWO / SPRING 1999

 

CRÓNICA Y CRÍTICA

Arnau Puig (Guadalimar, Revista mensual de las Artes, 1979)

En nuestro mundo altamente tecnificado, de la función descarada y sin tapujos, del prêt-à-porter, del unisex, es normal que todo lo que provenga de otros momentos y épocas, todo aquello que evoque a lo que nos ha preparado una literatura romántica cause, en nuestra sentimentalidad, si no un deseo de recuperación, sí al menos un impulso de adoración. Y a eso es a lo que ha procedido Carme Riera y que, gracias a las libertades y licencias formales que el hacer artístico contemporáneo ha concedido a todo aquel que tiene alguna idea, ha reunido, sirviéndose del collage, reliquias y remedo exornativos en unos planos compositivos, muy similares, en lo formal, a los planos del montaje pop. Pero aquí no se trata de ningún pop- por abajo- sino de un aristo-art. Lo ofrecido es la atmósfera de las viejas mansiones, carcomida ya por la humedad, el polvo y la ceremonia convencional. Efectivamente, con sutilidad Carme Riera, mediante las licencias y procedimientos del arte actual, consigue crear aquellas atmósferas aristocrático-burguesas que, entre nosotros, supieron pintar Miralles, Román Rivera, F. Masriera y, también, en algunas ocasiones Ramón Casas.

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